Del italiano "fantoccio", pasó al francés "fantoche", luego al español "fantoche". Se dice que fue por el siglo 19.
De allí, la palabra se encontró con unos amigos muy compatibles: marioneta, guiñol y títere. Todos ellos muñecos movidos por hilos para representaciones teatrales.
A nuestros días, los muñecos ya no son de trapo y pasta, sino personajes humanos, sin alma, ni corazón, aunque también movidos por hilos, sostenidos por siniestras manos, que poniendo a la humanidad de cabeza, cometen todos los delitos posibles, para favorecer a esos que los mueven con poder sin límite y perenne impunidad, siendo que todos ellos juntos, a la hoguera deberían ir.