Todo había sido destruido. La muerte suspendida en un
columpio invisible, nos mecía en sus brazos… el frío nos endurecía.
Caían nuestros sentimientos, como gotas fraccionadas, en su vaivén. Siguió el derrumbe y
quedamos sin forma, ni color, ni sonido, ni esencia. Totalmente acabados.
En esa oscuridad, desde las cenizas y el silencio, surgió algo
parecido a un dragón, con una energía muy profunda, que sin estruendo alguno, nos tocaba compasivamente.
Nuestros cuerpos volvieron a vibrar. Vimos a contraluz cada pedazo de nuestro ser y de los demás cuando iban reincorporándose.
La muerte y el odio aterrorizados nos soltaron. Por instinto
nos sujetamos los humanos unos a otros, en una cadena sin fin, viéndolos desaparecer por completo.
Brotó nuestra sed de renacer. El
Dragón voló y confiados lo seguimos,
hasta elevarnos, en un sólo trazo de amor y luz.
Allí, Dios recuperó su fe, justo cuando estaba por
aceptar, que el libre albedrío había sido un error y pensó: "Dios permita
otra oportunidad".
*Reeditado, de febrero 2011.


