Tomar tu mano para no caer,
quererte también los domingos
y, ¡hasta levantarme temprano!
Terminar los rompecabezas
de nueve mil piezas,
y aguantar tus remilgos y reniegos.
Bebernos un par de cervezas,
cualquier tarde, hoy mismo tal vez,
hasta que brille una estrella, o dos, o tres.
Preparar conservas con la fruta del patio.
Discutiendo un poco,
mientras nos apetecemos mucho.
Mirarte siempre al despertar,
con tu desaliño y desparpajo de novela,
sin decirte nada, hasta que pises el mundo.
Caminar juntos aún muchos caminos,
aplazando lo más, todas las “osis” y las “itis”
con nuestro estilo tan raro de amarnos.
Besarte cuando ni de chiste lo esperes,
demostrándome que eso te enoja,
con tal de no exhibir tú gran regocijo.
Dejarte reír de mis defectos,
en lo que ordeno por alfabético los tuyos
que me sé de memoria y me gustan.
Si quiero conjugar lo cotidiano contigo,
aunque nunca me lo pidas,
para que sea eterno.
También
me conoces,
tan bien.


