Las cosas cambian,
ya no eres la misma,
se te acabó la juventud. -Me reprochó-.
Primero, me invadió su nostalgia,
y extrañé el candor de aquellos años
y la firmeza de mi carne,
que conoció tan bien.
En silencio busqué sus ojos,
mi sitio predilecto de él.
Sus lágrimas desbordaron las mías.
Tan fácil que soy para tristear.
Me sentí molesta, saturada,
con su: “Ya no me gustas”,
pero su actitud, traicionaba su boca
y frené el pleito con silencio.
Para, asimilar el fondo de la descarga,
que lanzó sobre mí.
Con morbo evoqué, muchos recuerdos,
en lo que decía no sé qué más.
Muy perversa, repasé cada vivencia
su fuerza, virilidad, su manera de amarme,
todo, todo, de cada escena pasada,
comparando con el ahora y aquí.
¿Por qué te sientes viejo?
Si, ¡me gustas más ahora! -le dije-
con una voz hecha de sentimiento
más que sonido, que lo desarmó.
Descorchó las caricias y los besos,
de su reserva especial.
Estrenó mi piel tan recorrida,
y nuestras almas, muy nuevas,
se licuaron sin moderación.
¡Eres adorable, nunca cambies! –pensé que dijo-


